Grafología y literatura…

    En este espacio nuestra querida colega Nuria Barroso, nos propone un artículo para reflexionar desde  una sútil  ironía, recreando un discurso desde lo antagónico de las grafías, ; la modernidad y la antiguedad.

    Para muchos de nosotros/as (los grafólogos) y los amantes de las letras, de lo manuscrito, de lo que consideramos más genuino del ser humano, su escritura. Hacia  la aparatosa comodidad aparente que se relaciona con los “avances tecnológicos”. Su artículo nos lleva de paseo hacia la reflexión de dos mundos paralelos, que después se unen, no sabemos muy bien porque.

Grafología y literatura

   Antes de que una obra literaria vea la luz para enfrentarse a sus futuros lectores, ha de pasar inapelablemente por varios procesos, como si se tratase de un producto de fabricación en cadena. Una vez el manuscrito literario se halla en manos del editor, este se somete a una corrección de estilo en ordenador (antes se hacía en papel) y, una vez transformado en galeradas (pruebas de imprenta), pasa por una o dos correcciones más. Sin embargo, el manuscrito que llega al editor (un archivo de Word enviado por correo electrónico) ha perdido pleno significado, pues hace mucho que dejó de ser un manu scriptum (escrito a mano).

nb1     La palabra ‘manuscrito’ procede del latín y significa: escrito a mano.

   Los primeros textos escritos a mano de los que se tienen conocimiento se hallaron en Egipto (2914-2867 a.C.). Y esta forma de difusión del saber y de las artes literarias siguió avanzando hasta mediados del siglo xv con la creación de la imprenta.

         No obstante, las obras literarias (y de cualquier área del saber) siguieron escribiéndose a mano hasta que, en el siglo xix, se inventa la máquina de escribir, lo que facilitó la tarea de muchos escritores, aunque otros prefirieron seguir escribiendo a mano por la sensación de cercanía que supone el contacto que establece la mano con la pluma y el papel ante la frialdad de golpear un conjunto de teclas con las yemas de los dedos.

nb3El silencio que precisa un escritor se quebranta segundo a segundo con el molesto sonido de las teclas de una vieja máquina de escribir.

      Si bien no nos resulta difícil recrear la imagen de un poeta decimonónico sentado ante su viejo escritorio, aterido de frío, rasgando con una pluma una cuartilla ajada emborronada con versos tachados de poemas de amor, casi nos resulta imposible imaginar a un escritor de novela negra escribiendo a mano. A todas luces, lo imaginamos sentado ante una destartalada máquina de escribir, con un cigarrillo consumiéndose entre sus labios y una copa de Bourbon a un lado de la mesa.

         Sin embargo, cuando empezaba a generalizarse el uso de la máquina de escribir hasta en los escritores más recalcitrantes, aparece en el mercado (¡horror!), un instrumento demoníaco que algunos aseguran de él que escribe novelas él solito (nuestro buen amigo el ordenador personal), como si se tratara de una suerte de máquina de creación literaria programada para escribir cualquier género literario con tan solo pulsar un botón.

         En sus inicios, fueron legión los escritores que lanzaron el grito al cielo ante semejante invento. Y muchos los que difundieron el bulo de que los escritores que escribían utilizando un ordenador no eran auténticos creadores literarios, como si el acto de creación literaria tuviera que mantenerse eternamente enemistado con todas y cada una de las invenciones que facilitan y agilizan la creación literaria.

         Se puede escribir igual de bien (o de mal) con un lápiz, una máquina de escribir o un ordenador. Es más, la escritura se convierte en un acto menos farragoso y cansado cuando se puede rectificar y escribir en un teclado de ordenador que haciendo constantes tachaduras en una hoja de papel.

         Y todo lo dicho hasta ahora, ¿en qué atañe a la grafología? Evidentemente, lo que es bueno para unos no lo es tanto para otros, pues las muestras grafoescriturales de los autores literarios se han visto reducidas a la mínima expresión con la desaparición de los «manuscritos». Así pues, nos tenemos que contentar con las migajas que presupone la firma o dedicatoria de un libro.

         Por fortuna, siempre nos quedarán los manuscritos de los autores anteriores a la invención de la máquina de escribir, como los de Pérez Galdos, o de autores contemporáneos a quienes les fascinaba escribir a mano (como García Lorca) o aquellos que lo hacían por carecer de otros medios (como Miguel Hernández).

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Manuscrito de Marianela (Benito Pérez Galdós [1843-1920]).

nb5 Carta manuscrita de Federico García Lorca (1898-1936).

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Manuscrito del poema Elegía a Ramón Sijé escrito por Miguel Hernández (1910-1942).

   Incluso en pleno siglo xxi, aún hay escritores que escriben (o escribían a mano), como es el caso del fallecido escritor vallisoletano Miguel Delibes (1920-2010) o el gran poeta Mario Benedetti (1920-2009).

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Manuscrito de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes.

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Poema inédito manuscrito de Mario Benedetti.

     Y para aquellos grafólogos que deseen adentrarse en los manuscritos originales de la literatura española de los siglos xvi y xvii, la Biblioteca Nacional dispone desde 2009 de un amplio catálogo de manuscritos autógrafos de escritores españoles, que puede consultar desde su página web. Toda una auténtica delicatessen grafológica.

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